Clarín.com
| Sección Espectáculos Martes 6 de mayo
de 2003
Argentino en Nueva York
Ex
Susano y bailarín, hizo las coreografías
de Nine, que en Broadway interpretan Antonio Banderas
y Chita Rivera.
Laura Falcoff. ESPECIAL PARA CLARIN.
Cuando todavía estaba en la escuela primaria,
Gustavo Zajac (porteño, 31 años) entró
a un conjunto de danzas folclóricas judías.
El muy dinámico circuito que agrupa a estos
conjuntos le dio una experiencia escénica invalorable
—abundantes giras, actuaciones en los más
diversos escenarios— si se piensa en el curso
posterior que tomó su vida: bailarín
de comedia musical desde los dieciocho años,
asistente de coreografía en la producción
porteña de Nine, y así hasta llegar
a co reógrafo asociado de Nine en Broadway
(Nueva York), que está en cartel con Antonio
Banderas como protagonista
¿Cómo apareció la vocación
profesional?
Desde
chico quise trabajar en comedias musicales y mi sueño
más alto era llegar a la calle Corrientes.
A los 14 años empecé a tomar clases
de danza clásica y contemporánea, pero
también estudié teatro, canto y danza-jazz.
Cuando tenía 18 y había empezado a estudiar
la carrera de Relaciones Internacionales en la universidad,
en tré como "Susano" al programa
de Susana Giménez y conseguí un papel
muy bueno en el musical Gypsy, un ultraclásico
del género, que se montó aquí
con elenco local. ¿Sabías que a los
artistas de musicales en los Estados Unidos se nos
llama gypsies, porque deambulamos permanentemente?
¿Querés
decir que fue una señal del destino?
Algo
así. Una vez que termina una temporada hay
que buscar otro trabajo. Pero el mercado es inmenso:
está el mercado de Broadway y además
el mercado nacional, por donde giran los espectáculos
que se estrenaron en Nueva York, el teatro regional
y el summerstock, obras que se montan sólo
para el verano. La danza es una verdadera industria...
¿La
danza en general?
Sí,
porque la comedia musical por sí misma es una
megaindustria; promueve la actividad del turismo:
hoteles, restaurantes. Hace poco hubo una huelga de
músicos —los empresarios querían
bajar el número de integrantes de las orquestas
de quince a nueve— y los actores se plegaron.
El paro fue total en Broadway durante tres días
y hubo una pérdida de cuatro millones de dólares
en hoteles y restaurantes. Y las pérdidas para
el teatro fueron aún mayores.
Volvamos
un poco atrás en tu historia.
Cuando
gané una beca para terminar mi carrera en Arkansas
me dije que mi vida con la danza había terminado,
que había logrado hacer Gypsy en la calle Corrientes
y en un papel anhelado. Pero en la universidad me
encontré poniendo números de danza,
participando de las obras que se hacían y tomando
clases de canto.
¿Cómo
regresaste a los musicales?
Volví
a Buenos Aires y conseguí trabajo en una empresa;
el primer día entré a las ocho de la
mañana, salí a las cinco de la tarde
y no volví nunca más. "Esto no
es para mí", me dije. Retomé las
clases, volví al programa de Susana Giménez
y fui consiguiendo otros trabajos. Tiempo después
me llamaron como traductor del coreógrafo y
el director, ingleses ambos, que venían a poner
Nine aquí. Pero de a poco empezaron a dejarme
la dirección de algunos ensayos, porque cuando
se fueran yo iba a quedar a cargo del elenco. Fue
mi primera experiencia en poner algunas ideas mías
y poco tiempo después, cuando me llamó
Jonathan Butterell —coreógrafo de Nine—
para que fuera a Broadway a colaborar con él,
me di cuenta de que me interesaba hacer mis propias
coreografías. Renuncié así a
la idea de volver al escenario como intérprete.
¿Cómo
te llegó la propuesta de esta Nine que está
haciéndose en Broadway?
Butterell
quería que me asociara con él para montar
las coreografías. Los protagonistas eran Chita
Rivera y Antonio Banderas.
¿Una
puesta distinta a la de Buenos Aires?
Totalmente.
El público de Broadway paga cien dólares
la entrada, quiere espectacularidad y hay que dársela.
Hubo cambios. Por ejemplo, una escena que era un breve
vals en Buenos Aires, se transformó en un tango
completo que bailan Rivera y Antonio. Te aclaro que
Banderas es todo lo contrario de lo que uno podría
imaginarse de antemano de él. Ninguna arrogancia
y la mejor disposición para trabajar. Aunque
no es bailarín, tiene mucho entrenamiento de
yoga y una excelente coordinación; dejaba de
ensayar sólo cuando conseguía perfectamente
los pasos. Y ella, también una profesional
increíble a sus setenta años, ensayaba
todo el día y jamás una queja. Después
que montamos el número de tango, los dos pidieron
que lo alargáramos al doble, porque querían
bailar más.
|