3 Julio de 2005

La gran noche de Don Quijote
Por Susana Freire


Y otra vez subió a escena "El hombre de La Mancha", como una forma por parte de los productores, Alejandro y Diego Romay, de adherirse a los 400 años de "Don Quijote de La Mancha", aunque en esta oportunidad el programa de mano no registra al autor de la versión, que solía adjudicarse al norteamericano Dale Wasserman, con música de Mitch Leigh y letras de Joe Darion, Pero en esta ocasión, el director Gustavo Zajac, responsable también de la adaptación, hizo una versión en la que se permitió suprimir algunas secuencias del original, algo que benefició al ritmo y a la dinámica de la acción. Cualquiera de las versiones tiene importantes diferencias con el original de Cervantes, pero frente a una propuesta musical sólo cabe disfrutarla.

Aun con las diferencias que propone la puesta, y sin entrar en odiosas comparaciones, es interesante la lectura que propone transitar por dos planos: la realidad y la ficción; la locura y la cordura. En el primer sentido, el personaje protagónico es Don Miguel de Cervantes Saavedra, que es encarcelado por la Inquisición; es él quien narra la afición de Alonso Quijano por las novelas de caballería, y, a su vez, se transforma en Don Quijote, con sus delirantes aventuras. Es decir, un personaje real (Cervantes) que crea a otro de ficción (Quijano), quien a su vez inventa a un segundo ficcional (Quijote). Un planteo atractivo para jugar con la idea de lo esencial y lo accidental.

El segundo plano, el de la locura y la cordura, es el más sabroso porque permite al protagonista cuestionar los valores reales y los fantásticos: "Loco es el que ve la realidad como es y no como debería ser", dice Don Quijote, y en este planteo se puede inducir a una reflexión existencial, porque la única salida que queda para sobrevivir y superar la realidad es soñar y ser fiel a un ideal. No casualmente, el tema musical que cierra el espectáculo es "Sueño imposible".

El gran soporte del espectáculo es el elenco, donde Raúl Lavié deslumbró con su potencia vocal e interpretativa. Acertado en la composición de su personaje en los tres estados (Cervantes, Quijano y Quijote), dio un plus al resultado final. No fue el único en alcanzar esta meta; también lo lograron Omar Calicchio (Sancho Panza), Diego Jaraz (Pedro) y Rodolfo Valss (el gobernador). Sandra Ballesteros define con mayor acierto a Aldonza en la escena final. El resto del elenco suma aciertos.

Como puestista, Zajac obtiene una gran síntesis espacial a partir del diseño escenográfico, que a su vez sirve para afinar la dinámica de las acciones. Hubo eficiencia y meticulosidad en cada uno de los rubros técnicos artísticos, como la iluminación, con un correcto juego de contrastes; el vestuario, el maquillaje, el peinado, todo conformó una unidad estética de gran presencia dramática. Una mención especial merece el diseño de sonido que resultó casi (por alguna desprolijidad) impecable y permitió que los cantantes proyectaran sus voces sin estridencias y el texto se entendiera con nitidez.

Finalmente, la interpretación musical que, más allá de que la orquesta esté fuera de la vista del público, la música pareció integrada a las voces en una unidad indisoluble.

Medio: La Nación